Vivimos en un mundo, en un sistema, que, a poco que uno se pare a pensar, se advierte está tremendamente deshumanizado; envuelto, de algún modo, en un proceso de descomposición preocupante. Ante tales circunstancias, contemplar el concepto primario de justicia en el seno de las relaciones internacionales es una tarea harto compleja; estas constituyen un maremagnum dificil de asimilar, con mezcla a gran escala de pugnas territoriales, luchas de poder y, sobre todo, intereses economicos globales. Nos movemos en un escenario en el que pocos Estados estan dispuestos a ceder su soberania y donde llegar a acuerdos globales en el ambito de la defensa y proteccion de los derechos y valores esenciales es algo poco frecuente.Un hecho significativo, ademas, es que algunos actores de importancia capital en la geopolitica planetaria, como el caso de Estados Unidos o China, no estan por la labor de otorgar a la justicia un papel destacado y prioritario. Todo esto nos lleva a casos tan flagrantes como el de Pinochet o la dictadura de Videla en Argentina, las victimas del franquismo en España o los terribles sucesos acaecidos en la antigua Yugoslavia; en definitiva, situaciones cuya gravedad no es discutible y atrocidades perpetradas fundamentalmente por dirigentes politicos y militares que el concierto internacional conoce a la perfeccion y a las que se ha dado suficiente amparo mediatico y que, paradojicamente, han supuesto un inmejorable escaparate historico donde apreciar la impunidad en la que han quedado la mayoria de sus principales causantes.No obstante, pese al desolador panorama esbozado en los parrafos anteriores, hay que señalar que en los ultimos años ha aumentado sensiblemente el compromiso de la comunidad internacional a favor de la primacia de los derechos humanos fundamentales.