Atayfora regresa a Ystán, su pueblo, pero ya no es su pueblo. Creció allí en el seno de una familia pudiente y ahora, años más tarde, vuelve en condición de esclava. Nuevos moradores la han reclamado para que hile toda la seda que los de su fe, moriscos, dejaron abandonada antes de sublevarse. Felipe II ha aplastado las revueltas y Atayfora, que fue cabecilla en su tierra, arrastra la derrota. Pero no está muerta. Tiene mucho que recordar y mucho en que pensar. A lo largo de la novela, esta mujer de compleja personalidad nos irá revelando, con sus reflexiones, cómo era ese mundo suyo definitivamente perdido. Catalina Urbaneja ha dado vida literaria a Atayfora, a una Atayfora que existió, como existieron otros muchos de los personajes que aparecen en estas páginas. Todo lo que se nos cuenta es una recreación de hechos rigurosamente históricos que Urbaneja ha rastreado durante años en diferentes archivos: no los grandes acontecimientos relacionados con los moriscos, de los que todos hemos oído hablar, sino sus actividades diarias, su vida privada, su cultura, algo que se ha mantenido oculto desde entonces debido en gran parte al silencio de las fuentes oficiales y, también, al prudente silencio de ellos mismos. Atayfora, una mujer a la deriva nos muestra las costumbres de los moriscos en la zona de Marbella durante sus últimos años, antes de que el exilio o la muerte los alejara del lugar para siempre. Atayfora nos atrapa con su relato, despierta nuestra curiosidad, nuestra avidez por saber, y lo consigue porque lo que cuenta tiene gran interés y porque es una gran narradora.