Al igual que ya había hecho en Lucía o la inasible sustancia del tiempo, Antonio Abad ha puesto el relato, aquí, en boca de una mujer, dejando así constancia, una vez más, de su proverbial capacidad para representar voces y almas distintas a la suya propia, tal y como parece inexcusable en toda buena narrativa contemporánea. En lugar, pues, de dar voz a la mujer en el marco de un moderno y complejo juego metaliterario, se ha limitado, en esta ocasión, a seguir una muy antigua y acreditada convención genérica: la que consiste en ceder la palabra a la autora de una supuesta carta. La novela puede inscribirse, por tanto, dentro del género epistolar. En cuanto al receptor de la misiva, se trataría, justamente, del hombre que en ese momento habita en Nueva York, pero al que la protagonista conoció en Nador en los años sesenta en circunstancias de todo punto inusuales y bastante escabrosas, que son las que precisamente tratará ella de aclarar y justificar a lo largo de su estremecedor relato.