La naturaleza no deja de tener sus accidentes; es discontinua, general, cambiante, catastrófica, pero no es eterna: parece estar subordinada a cierto designio, a un orden mayor que determina sus períodos. Un mar de hielo puede destruir el más fuerte de los buques pesqueros en Alaska y, peor aún, ese mismo mar puede sumergir un continente entero; en cambio un meteorito puede demostrar la fragilidad de esta fuerza al parecer suprema como cuando por su intermediación se decretó
el fin de la era de los dinosaurios en la tierra. Si la naturaleza tiene sus fisuras, ¿qué se puede esperar del hombre, que también las tiene, como corresponde a cualquier ficción?
Gabriel Bernal Granados
Ficha técnica
Editorial: Fondo de Cultura Economica de España, S.L.