La vida, ¿la notan?, cómo no, el horror y la maravilla también. ¿Y eso tan diamantino, tan
frágil y persistente, la libertad? seguro que sí. En aquella película que Pasolini hizo sobre Las
mil y una noches, alguien declaraba santos a quienes mueren de amor, aunque en realidad no
mueren, quedan ensimismados en ese lugar, quizá una cueva submarina, en el que los ángeles,
¿se acuerdan?, casi no se atreven a pisar, sin que por ello dejen de sonreír, claro. También
pueden ser terribles.
Una vez, en una exposición, un amigo me comentó ante algunos cuadros que
contemplábamos la diferencia entre estar dicho o estar pintado. Aquí nada se dice con
palabras pero todo está sucediendo, no solo en lo que nuestra vista alcanza, detrás de los
párpados y en el metrónomo del corazón, por descontado. Que sea una historia, un cuento,
una ensoñación, como prefieran, en donde la amenaza y la fatalidad, el coraje, la entrega, la
bondad y la delicia conduzcan a ese abrazo de quienes, se dice en el I-Ching, después de
grandes luchas logran encontrarse, es obra del Arte que, en ocasiones, es imitada por la vida.
O así debiera serlo.
No se necesita nada más para disfrutar de esta belleza.