Entre los animales, sean pequeños o grandes, no hay contemplaciones. En la naturaleza reina un impulso ingobernable que determina situaciones de “crueldad” o “inocencia”, según la criatura de la que se trate. Pero esas situaciones, asimiladas a conductas humanas, pueden ser también un espejo: la bestia que todos llevamos dentro. Tal imagen, llevada al extremo de la ironía, sobrepasa el límite de lo patético para volverse cómica. Es lo que logra Chanti, con absoluta maestría, en Pequeñas grandes bestias. Un compilado de retratos —¿tal vez para adultos?— en los que el humor negro y la acidez cobran vuelo a través del trazo justo al que el autor nos tiene acostumbrados.