En una entrevista no se encubre, en una entrevista se cuestiona y se percibe, se percibe y se graba para luego fijar en otra forma, en escritura. Y se fija en otra forma, en escritura, para dar a conocer, para compartir lo que se escuchó. Y a ello se reduce el juego, el juego razonado.
I.1 Una de las cuestiones que más me han atraído como escritor a lo largo de mi vida es hablar con otras personas para dar a conocer los resultados. Eso he hecho durante mucho tiempo para periódicos, revistas y radio. ¿Por qué esa zona de tensión? En primer término por lo que los entrevistados son. Y son por fascinación, por la fascinación que te alcanza por lo que hacen los escritores (Luis Mateo Díez, Antonio Tabucchi, Isaac de Vega...) o los que arman astucias creativas en sectores que a mí no me alcanzan (pintura de Granell, arquitectura de Menis, teatro de José Carlos Plaza...): pero son y por ser condicionan. La cuestión a solventar es el resultado de la inquietud, de lo que precisa el que se acerca al otro para saber, para confirmar lo que presumía de la condición del otro. ¿Se logra la respuesta? En una entrevista el entrevistado no resulta en su todo. Entre otras cosas porque aquí, como en la creación artística, jugamos con las máscaras y con el tiempo, jugamos con la disposición (por más con el invento para ser efectivos) y con el momento en el que se revela. O lo que es igual, la respuesta se fija en un instante, pero el sujeto de respuesta vive y se transforma, incluso propondrá nueva obra, nueva obra que puede enfrentarse o que se enfrenta a la que dejó y fue el objetivo de las pesquisas. Entrevistas sujetas, pues, al trayecto. Ahora bien, lo que es cierto es que tras la entrevista el mundo se aclara, siempre se aclara y deja ver la instancia precisa del hablador.