La novela en la segunda mitad del siglo XIX, digna sucesora de la novela cervantina, reúne una serie de escritores de indiscutible calidad literaria que hacen de este período uno de los más fecundos de nuestra historia literaria. La obra de Valera se nos presenta como un rico conglomerado de ideas y sugerencias, de crítica y creación; incluso, de vivencias personales que ayudan no sólo a comprender el espectro político y social contemporáneo sino a analizarlo con las sutiles matizaciones de su peculiar perspectiva(...).En Juanita la Larga el autor se nos presenta como mero descriptor e historiador fiel de unos hechos o lances que ocurrieron en tiempos pretéritos; sucesos que discurren a través de su singular concepto del arte, es decir, imitación de lo verosímil más que de lo real. El acontecer novelesco de Juanita la Larga encajará perfectamente con su ideario estético, materializándose en la peripecia argumental y, por ende, convirtiéndose Villalegre y sus protagonistas en personajes antónimos del naturalismo.(De la Introducción de Enrique Rubio Cremades)
Ficha técnica
Editorial: Castalia
ISBN: 9788470394577
Idioma: Castellano
Número de páginas: 312
Tiempo de lectura:
7h 25m
Encuadernación: Tapa blanda
Fecha de lanzamiento: 01/02/2002
Año de edición: 1992
Plaza de edición: Madrid
Colección:
Clasicos Castalia
Clasicos Castalia
Número: 141
Ancho: 11.0 cm
Especificaciones del producto
Escrito por Juan Valera
Nacido en Cabra (Córdoba) en 1824. Realizó estudios universitarios en Granada y Madrid. Entró en el servicio diplomático como acompañante del duque de Rivas, embajador en Nápoles, donde se dedicó a la lectura y al estudio del griego. Estuvo también en Portugal, Rusia, Brasil, Estados Unidos, Bélgica y Austria. En 1861 ingresó en la Real Academia Española. Escribió artículos periodísticos y ensayos. Valera es un escritor de difícil clasificación; atacó tanto el romanticismo como el realismo y el naturalismo. Consideró que el arte no tiene ningún objetivo, excepto servir a la belleza, crear arte, pero tampoco se adscribió a los movimientos claramente esteticistas de final de siglo como el -arte por el arte- o el simbolismo; elogió la obra de Rubén Darío pero tampoco se le puede considerar modernista. Murió en Madrid en 1905.