Desde muy pequeño, la comida y yo hemos tenido una relación estrecha y directa. La línea que nos separaba era tan c eñida que hemos sido como siameses. Reprimido, atemorizado, el acoso escolar y el sobrepeso me alimentan con sentimiento de rabia, rencor, venganza. Y con diecisiete años me tiro al vacío y dejo de comer. El espejo, el cuerpo, la restricción, soñando una reencarnación que está de oferta y que termina por salirme cara. Esa cara que pudo haber sido cruz.
Aquel extremo llevó al otro, a crear otro monstruo, uno más voraz, contundente, salvaje: el atracón. Durante más de una década no hay saciedad que valga. Siempre más. Y siempre menos. La restricción también regresa. Mientras tanto, subo montañas, las bajo en medio minuto, castigándome, fatigándome, engañándome, ausentándome, pasando el tiempo. Pero hay atracones que llegan y no son ni de azúcar ni salado, son los atracones de apego. De quien aterriza en tu vida y te escucha, te comprende, no te juzga y te acaricia el corazón. Y juntos, diseñáis una estrategia: pedir ayuda. Decides ir a terapia.
La palabra, la emoción, las herramientas, el trabajo en equipo van tomando el timón y ganando la partida al atracón. Ya no hay siameses. Hay un yo, hay alimentación. Por separado.Por cierto, soy Negu Karlsson. Soy chico. He sufrido trastornos de la conducta al...