Durante años pensé que la basura desaparecía de nuestras ciudades por la noche sin más, como por arte de magia. Depositada en contenedores, al día siguiente ya no la volvíamos a ver. En mayo del año 2000 fui por primera vez a Valdemingómez y allí lo descubrí. Inmensas montañas artificiales formadas a base de millones de toneladas de residuos crecían a tan solo catorce kilómetros del centro de Madrid. Estructuras piramidales aterrazadas, que bien pudieran ser como las plataformas y mesetas descritas por el arquitecto danés J¸rn Utzon, estaban en permanente construcción gracias a la descarga incesante de miles de camiones que iban y venían sin parar. Al mismo tiempo, fui consciente del problema que suponía la basura de la ciudad en el medioambiente. Un problema colosal, cuyas consecuencias no se habían previsto. Necesitamos repensar el modelo de producción y consumo de nuestras sociedades. No podemos seguir generando y acumulando tanta basura. La necesaria preservación de nuestro hábitat obliga a mirar de otra forma. Veinticinco años después y tras muchas preguntas, conversaciones y viajes, he aprendido que los arquitectos, entre otras cosas, participamos en la construcción de un mundo más bello y reciclamos la materia.