Si la cobardía fuese la antesala de la venganza, ¿no sería el olvido su manifestación más perfecta? Rojo sobre negro, una novela ambientada en el barrio del Raval de la Barcelona pre y postolímpica, además de reflejar los cambios socioculturales de la época, habla de la muerte, del porqué de matar, de su atractivo y, sobre todo, de cuándo se convierte en derrota. Pero no en una cualquiera, tantas veces narrada, sino la que se infringe a conciencia para hacer daño más allá del recuerdo. Un billete de veinte dólares y un pañuelo manchados con tres gotas de sangre, un diario que miente y que enamora, dos hermanas actrices y sus insospechados amantes, un policía despechado, y una equívoca prueba de ADN, son parte del telón de fondo de una novela en la que pocas veces sucede lo que intuyes. Protagonizada por un inspector de policía al que le han arrebatado cualquier rastro de orgullo, por un joven pendenciero sobrado de insolencia y por dos mujeres que, adelantadas a su tiempo, se reafirman en el fracaso, muestra los ambiguos ropajes que viste el rencor. La peor derrota es la que aniquila la esperanza, se lee en la novela. Los protagonistas, que la han perdido casi por completo, se aferran al presente huyendo de un pasado que les asfixia. Ninguno puede presumir de coherencia, virtud o finura; más bien dudan de sí mismos y de sus impulsos más íntimos. Por eso, cuando los fantasmas de antaño retornen y el desenlace se acerque, el lector, arrastrado por tan obstinados personajes, se