Picatostes y otros testos el único título posible para un libro inclasificable constituye una auténtica aventura para el lector. Aquí se recogen escritos breves, aforismos, cuentos y relatos de infancia; textos equivocos, entre el ensayo y la ficcion, para leer como se mira una pintura abstracta, que incitan la imaginacion y la reflexion. Delclaux transfigura el lenguaje, lo disecciona con trazos de humor e ironia, haciendo saltar una chispa que ilumina por un instante rincones de sombra. En uno de los relatos las palabras actuan como numeros, multiplicandose unas con otras, componiendo una sugerente melodia que lleva al lector, como a Ulises el canto de las sirenas, a territorios escurridizos en la misma frontera de la literatura, alli donde se encuentran la realidad y el absurdo, con la ayuda de un sexto sentido: el sentido del humor. Una linea evanescente por la que caminan, como equilibristas, los personajes de las historias de este libro. Al final del camino, es la mirada del autor lo que permanece: una manera de mirar, una forma de ver las cosas de la vida y la literatura.
En un taller de imprenta se celebra una rara exposición conmemorativa: ha muerto el dadaísmo, viva dadá. Allí se encuentran -alguien dijo que todo encuentro casual es una cita- dos personas que ya se conocian por motivos profesionales. Vargas, administrador de fincas, y Bruno, contable. Y en ese encuentro cada uno descubre la doble vida del otro: el primero es linotipista un dia a la semana; el segundo se define a si mismo como un experto en pantuflas.El hijo de Gutenberg es la historia de amistad de Bruno y Vargas, dos individuos que un buen dia se alegran de enterarse de que el otro tambien va por ahi con los calcetines desparejados; la historia de la relacion entre dos sujetos, pero tambien entre sujetos y objetos; y es que aqui la mirada sobre el mundo es tan subjetiva que proyecta una amalgama en la que hombres, animales y cosas acaban tratandose de tu.Despues de diez años nos hace felices volver a habitar ese universo cohesionado de Borja Delclaux en el que rutina rima con maravilla y arte se escribe con minuscula. Una bocanada de aire fresco.