Una línea de futuro es un avión en la pista de despegue. Bajo un cielo de neones parpadeantes, el aparato abandonaría la uterina maraña de las callejuelas oscuras. En vuelo, atildadas y gentiles azafatas portarían bandejas con vinos y licores: y en el bullicio de las risas y las chanzas, los siempre agonizantes, los desaparecidos de las estadísticas, los mudos de cualquier discurso, los fantasmas que mendigan en las esquinas inexplicablemente vivos, todos archispados ya y por fin deslenguados, vislumbrarían entre las nubes mullidas cómo cambian los barrios y el puerto y la ciudad, y verían el futuro que brota de continuo, que gotea a cada instante como la lluvia por las rendijas de un tejado roto.
Quizá Esquilo tenía en mente un problema análogo, cuando al final de la Orestíada, imagina que el tribunal de Atenas prescribe la construcción de un templo a las diosas de la venganza sedientas de sangre, las Erinnis, que gracias a ello se transformaran e