José Julián nació en 1948 (como Javier Agirresarobe y Gerry Adams) en Durango. Nunca ha parado de moverse y hacer cosas. Se le ve en el cine Zugaza, en la librería Hitz de Artekale, en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, en el bar Ederki, del barrio de San Francisco, o en el Festival de cine de San Sebastián. Jubilado, pero no. Sigue hablando de Balerdi o de Oteiza, de Kubrick o de Jiri Trinka, de Pilar Zubiaurre o de Manu de la Sota, de Gonzalo Etxebarria o de Maite Larburu, de la revista Fotogramas o de las salas de sesión continua. Con su ilusión y su escepticismo, con su doxia y su heterodoxia, en relación con el sexo (el amor, esa comedia en que los actos son más breves que los intermedios), con la otra lengua (que, paradójicamente, es la nuestra), con la política (que nunca es nuestra), con la cultura en general o con el mundo (que siempre ha sido ancho y ajeno).
José Julián sigue con sus exposiciones de arte, con sus cortos (Bat, Bi, Bost...) y largometrajes (no puedo no nombrar Oraingoz izen gabe), y con sus escritos. En el año 2003 publicó un libro recopilando sus textos dispersos sobre arte, cine y literatura: Conflicto perpetuo. Se refería al conflicto perpetuo que es toda vida individual. Y qué decir de la vida colectiva. Ahora nos ha venido con otro montón de textos, escritos entre 2003 y 2025, con el titulo de Permanencia. O sea, continuidad del conflicto. Trata de arte, cine y literatura, y a este libro me refería al decir que uno a veces lee cosas que desconoce, cosas que conocía, pero de otra manera. Este libro de José Julián no es perder tiempo, sino recobrar tiempo perdido, para seguir como si nada. En el conflicto. Es como un viaje, pero al revés del que la vida nos proporciona normalmente en su cómodo transcurrir cronológico. Lo de José Julián es, como diría Marlene Dietrich, como si pudieras marcharte ahora y volver hace cuarenta y pico años.Joseba Sarrionandia