El anciano médico y también reverendo Serapio de Aralso regresa al pueblo de su niñez. El autocar donde viaja se llena de sombras que lo envuelven, mostrando entre penumbras las caras descarnadas de gentes con las que convivió. Rostros apenas difuminados que lo observan desde un mundo lejano formado por tramas de vacío. Toda una vida en la selva ha dejado marcas imborrables en lo más profundo de su alma, heridas que nunca cicatrizaron y que, obsesivas y dañinas, señalan su existencia con el dolor y también con el miedo. Con el Mal.Recuerda su niñez en el pueblo, la primera sangre vertida, a Gisela, su esposa, por la que lo dejó todo para seguirla a la quimera del Infierno Verde. De igual forma se adentra en su obsesión por el sexo; quizá influyera en ello el haber nacido de nalgas. Mujeres que pasaron por su vida, demasiadas mujeres. Y aquel campamento minero perdido en las cercanías de la frontera brasileña, donde vislumbró algo cargado de maldad que lo ha perseguido sin reposo.El reverendo Aralso, médico de fama y también investigador respetado y leído del folclore amazónico, regresa al apeadero, ahora abandonado, de su niñez; allí cogerá el último tren, el que se interna en la oscuridad final. Alguien le tenderá la mano…