“El idealista se vincula con el psicólogo al estar ambos de acuerdo en que el arte dramático asume un cometido. Este no puede ejercitarse plenamente en la ignorancia de las grandes corrientes de la vida colectiva. Las tentativas más fecundas para una renovación del arte dramático serán, las que, con la comprensión y el estricto respeto de sus principios, se preocupen por expresar el alma pública”. André Villiers
El escenario antiguo, isabelino, chino, japonés, medieval, italiano… Muestran todos, en cuanto a la eficacia del ceremonial dramático, la correspondencia de cada dramaturgia con una visión particular del mundo y de ser humano. Toda lamentación melancólica por los símbolos olvidados o poco frecuentes, por las convenciones que se han hecho inaceptables, es inútil. No está prohibido para el director escénico ni para el dramaturgo buscar nuevas formas y nuevos medios de expresión, percibir las corrientes más diversas; cada uno, desde su lugar, construye el mundo. No se le impide ser un precursor, un iniciador.
En este libro André Villiers manifiesta que “no hay arte dramático sin juego teatral, sin representación”. De lo contrario la obra teatral sería entonces una categoría de las artes literarias que no contendría más que un recuerdo imaginario, simbólico, del teatro original. Pero la justificación de la representación dramática no procede solo de una definición ideal, arbitrariamente elegida en un sistema de valores descarnados. Esta actividad de representación, con presencia real de personas, responde a estructuras fundamentales del comportamiento humano. La realidad teatral tiene profundas raíces psicológicas.