En una ciudad del norte de España, donde la desolación no resultó tan brutal como en otras muchas, al finalizar la guerra sus habitantes de una u otra forma intentan regresar a una vida sin temor a sobreponerse y si es posible correr un tupido velo, dejando cerrada la triste etapa de cuatro años de luchas fratricidas. Un muchacho de los muchos que perdieron a sus padres no sabía nada del suyo desde unos años antes de que estallara la contienda; él conocía detalles de lo acontecido en nuestra nación a través de los periódicos y aquello que el párroco le pudo relatar, contestando a sus preguntas. Este joven contaba diecisiete años al terminar la guerra, siempre fue distinguido por el maestro y lo ponía como ejemplo; también el párroco lo hacía, ya que era su mejor monaguillo, ya hacía tiempo que había dejado los estudios; para el alcalde era una especie de alguacil, ya que de vez en cuando le ordenaba los papelotes _como edil, decía_ también era una especie de secretario ya que escribía las cartas del alcalde.