Todos y cada uno de nosotros necesitamos recrear nuestros corazones, espíritus y egos, o como deseemos llamar al átomo del Padre que llevamos como guía de nuestros actos. Estos comportamientos que día tras otro abordamos en nuestra intimidad nos pertenecen como lo mas propio y sagrado. Son nuestros secretos inconfesables. Y a solas los confesamos a nuestra fiel soledad que jamas nos abandona. Entonces anegamos los sentidos de sensaciones vividas que en el cerebro retenemos y nos acompañan alla donde estemos. Nuestros secretos solo en especiales circunstancias llaman a los sentimientos que guardamos en los corazones como algo intimo e intransferible. Al suscitar interiormente las mas reconditas intimidades, afluyen a nosotros anegando los raciocinios rigurosamente guardados en los corazones. Estos, al despertarse, alcanzan las fibras sensibles que todos poseemos y brotan, haciendonos abordar rememoraciones de las etapas mas dichosas y descabelladas de nuestra vida. Nacido en Granada, mi vida cierto dia me condujo a las faldas de Sierra Nevada. Todavia pasaron muchos años que, entre estudios, obligaciones, prestar ayuda y divertirme con los amigos, solamente ascendia a la sierra en tiempos vacacionales, pero como resultaba tan sublime la satisfaccion que mis sentidos recibian al estar en contacto con la naturaleza, a pesar de mis obligaciones empece haciendome huecos, hasta lograr que mis escapadas fueran semanales. Nada mas subir al tranvia mis sentidos me decian que lo que estaba haciendo me satisfacia plenamente. Eso de tener al alcance de mis manos aquella flora autoctona, desde almendros hasta el cardo cuco o la manzanilla, me embriagaba de sensaciones dificilmente explicables y me convertia en otro hombre, mucho mas sencillo y sin tantos alardes de hombre culto ante quienes no pudieron estudiar. En la sierra llegaba a encontrarme enano o insecto al pensar en la magnanimidad de la madre naturaleza.
En una ciudad del norte de España, donde la desolación no resultó tan brutal como en otras muchas, al finalizar la guerra sus habitantes de una u otra forma intentan regresar a una vida sin temor a sobreponerse y si es posible correr un tupido velo, dejando cerrada la triste etapa de cuatro años de luchas fratricidas. Un muchacho de los muchos que perdieron a sus padres no sabia nada del suyo desde unos años antes de que estallara la contienda; el conocia detalles de lo acontecido en nuestra nacion a traves de los periodicos y aquello que el parroco le pudo relatar, contestando a sus preguntas. Este joven contaba diecisiete años al terminar la guerra, siempre fue distinguido por el maestro y lo ponia como ejemplo; tambien el parroco lo hacia, ya que era su mejor monaguillo, ya hacia tiempo que habia dejado los estudios; para el alcalde era una especie de alguacil, ya que de vez en cuando le ordenaba los papelotes _como edil, decia_ tambien era una especie de secretario ya que escribia las cartas del alcalde.