When Stalin came to power making music in Russia became dangerous Composers now had to create work that served the socialist state and all artistic production was scrutinized for potential subversion In The Sound of Utopia Michel Krielaars vividly depicts Soviet musicians and composers struggling to create art in a climate of risk suspicion and fear Some successfully toed the ideological line diluting their work in the process others ended up facing the Gulag or even death While some like Sergei Prokofiev achieved lasting fame others were consigned to oblivion their work still hard to find As Krielaars traces the twists and turns of these artists fortunes he paints a fascinating and disturbing portrait of the absurdity of Soviet musical life and of the people who crafted sublime melodies under the darkest circumstances
When Stalin came to power, making music became a dangerous endeavour. Russian composers now had to create work that served the socialist state, and all artistic production was scrutinized for potential subversion. The Sound of Utopia offers a vivid portrait of Soviet musicians and composers struggling to create art in this climate of terror. Some successfully toed the ideological line, diluting their work in the process; others ended up facing the Gulag or even death. With pace and verve, Michel Krielaars tells stories of intrigue, betrayal and stunning reversals of fortune, from the gay popular singer arrested at the height of his popularity to the blacklisted composer who wrote music on scrap paper in a forced labour camp.Dramatic and immersive, this is a rich exploration of the absurdity and the richness of Soviet musical life - and a tribute to those who crafted sublime melodies under the darkest circumstances.
When Stalin came to power, making music became a dangerous endeavour. Russian composers now had to create work that served the socialist state, and all artistic production was scrutinized for potential subversion.The Sound of Utopia offers a vivid portrait of Soviet musicians and composers struggling to create art in this climate of terror. Some successfully toed the ideological line, diluting their work in the process; others ended up facing the Gulag or even death. With pace and verve, Michel Krielaars tells stories of intrigue, betrayal and stunning reversals of fortune, from the gay popular singer arrested at the height of his popularity to the blacklisted composer who wrote music on scrap paper in a forced labour camp.Dramatic and immersive, this is a rich exploration of the absurdity and the richness of Soviet musical life - and a tribute to those who crafted sublime melodies under the darkest circumstances.
Componer en la Unión Soviética bajo el régimen de Stalin no fue una tarea fácil. En 1932, la música, como las demás disciplinas artísticas, fue reducida a una única doctrina: la del realismo socialista. La finalidad del arte era servir al Estado. Los musicos tuvieron que someterse a la linea ideologica del partido. Algunos la sortearon como pudieron; otros, sin embargo, no se doblegaron, y sus obras fueron prohibidas, sus conciertos cancelados y ellos relegados al olvido. Eso sucedia en el mejor de los casos, porque en el peor se los destinaba a campos de trabajo en Siberia o simplemente eran ejecutados. Musicos de la altura de Dmitri Shostakovich y Serguei Prokofiev e interpretes de fama internacional como Mstislav Rostropovich, Sviatoslav Richter, David Oistrakh, Leonid Kogan y Mariya Yudina fueron capaces de crear melodias sublimes en las circunstancias mas hostiles y oscuras. Pero esa politica represora no solo se circunscribio a la musica clasica. La Asociacion Rusa de Musicos Proletarios (RAPM) se ocupo tambien de la musica ligera. Era conocida la aficion de Stalin por ese tipo de musica, asi que, en consecuencia, la represion fue menor que en la musica y la literatura clasicas. Pero, con todo y con eso, los interpretes no podian bajar la guardia. Klavdia Schulzhenko se convirtio en una de las personas mas famosas de la Union Sovietica con sus canciones de amor. A pesar de ello, estuvo siempre vigilada por el regimen y muchas de sus canciones fueron prohibidas. Tambien Vadim Kozim, con sus tangos y canciones gitanas, se hizo inmensamente popular, aunque por su homosexualidad fue deportado a Kolima, donde estuvo recluido ocho años. En Al son de la utopia, Michel Krielaars hace un retrato esplendido de la dificultad y la lucha que supuso, para los musicos que vivieron en el periodo estalinista, trabajar en un clima de arbitrariedad, denuncia y terror.
Componer en la Unión Soviética bajo el régimen de Stalin no fue una tarea fácil. En 1932, la música, como las demás disciplinas artísticas, fue reducida a una única doctrina: la del realismo socialista. La finalidad del arte era servir al Estado. Los musicos tuvieron que someterse a la linea ideologica del partido. Algunos la sortearon como pudieron; otros, sin embargo, no se doblegaron, y sus obras fueron prohibidas, sus conciertos cancelados y ellos relegados al olvido. Eso sucedia en el mejor de los casos, porque en el peor se los destinaba a campos de trabajo en Siberia o simplemente eran ejecutados. Musicos de la altura de Dmitri Shostakovich y Serguei Prokofiev e interpretes de fama internacional como Mstislav Rostropovich, Sviatoslav Richter, David Oistrakh, Leonid Kogan y Mariya Yudina fueron capaces de crear melodias sublimes en las circunstancias mas hostiles y oscuras. Pero esa politica represora no solo se circunscribio a la musica clasica. La Asociacion Rusa de Musicos Proletarios (RAPM) se ocupo tambien de la musica ligera. Era conocida la aficion de Stalin por ese tipo de musica, asi que, en consecuencia, la represion fue menor que en la musica y la literatura clasicas. Pero, con todo y con eso, los interpretes no podian bajar la guardia. Klavdia Schulzhenko se convirtio en una de las personas mas famosas de la Union Sovietica con sus canciones de amor. A pesar de ello, estuvo siempre vigilada por el regimen y muchas de sus canciones fueron prohibidas. Tambien Vadim Kozim, con sus tangos y canciones gitanas, se hizo inmensamente popular, aunque por su homosexualidad fue deportado a Kolima, donde estuvo recluido ocho años. En Al son de la utopia, Michel Krielaars hace un retrato esplendido de la dificultad y la lucha que supuso, para los musicos que vivieron en el periodo estalinista, trabajar en un clima de arbitrariedad, denuncia y terror.