Muy capaz de anudarse una corbata de lazo con ojos cerrados, los modales distinguidos y el perfil inequívocamente conservador de Vicente Echerri no le han impedido funcionar como un poderoso imán hacia el que gravitaron toda suerte de renglones torcidos como el, nacidos o educados en el medio siglo cubano. Sus encuentros casuales, sus complicidades y discrepancias, sus sexualidades complejas o torturadas, sus militancias siempre en el limite del descreimiento son el foco y el eje central de esta coleccion de raros, goliardos, licenciosos, tarambanas, notables, extravagantes y, en algun sentido escurridizo, principes de Cuba. Alberto Guigou, German Puig, Jorge Oliva, Juan Guerra, Manuel Rodriguez de Bustamante, Adrian Montoro y Heberto Padilla encarnan un patron extrañamente afin. En todos ellos, una lucidez enfermiza o enconada termina por deshilachar el tejido de la vida, con el desconcierto y el fracaso como unicos compañeros admisibles. Y, sin embargo, en estas semblanzas a menudo amargas reina casi siempre una viciosa alegria, quiza privilegio innato de su ejecutor. Con frecuencia adscrito erroneamente a la generacion del Mariel, en la que hubiera compartido mesa con su otrora amigo y nemesis Reinaldo Arenas, Vicente Echerri (Trinidad, Cuba, 1948) ha sido un poeta devoto, un narrador tardio pero diligente y un cronista extraordinariamente fertil, preocupado siempre de que sus opiniones, ademas de inducir a la reflexion, estuvieran regidas por un imperativo de elegancia verbal y de belleza. De el ha dicho bien Antonio Muñoz Molina: En prosa o en verso, su obra casi siempre ha tenido que ver con la rememoracion meticulosa de lo perdido y con el gran abismo del tiempo que ya no hay manera de salvar. Y, sin embargo, la alegria.
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