En este libro, su autor juega con las palabras y las imágenes y nos envuelve en una especie de jeroglífico extraño que, cuando somos capaces de comprenderlo, sentimos que se ha hecho la luz. Es uno de esos pocos privilegiados al que los oyentes le piden que repita sus poemas para digerirlos con tranquilidad. Es necesario que Agustín nos lea sus poemas un par de veces o, al menos, que nos deje unos segundos para que penetren bien.