Durante años, los retornos a la Isla de Gran Canaria por el aeropuerto de Gando, casi siempre en dirección sur-norte para aprovechar el freno del alisio, deparaban una visión desde lo alto que, no por ser habitual, resultaba siempre impactante: enormes campos de invernaderos salpicaban aquí y allí el territorio de costa, una gigantesca ciudadela plateada de techumbres ocultadoras. Toda una posible vida refugiada de los cielos.Con el tiempo, muchos de esos espacios de cultura humana y subsistencia vegetal fueron destruyéndose sin remedio y, con ellos, esa forma de vida encubierta. Aunque sabemos que las sucesivas crisis económicas fueron determinantes en este proceso, uno se figuraba que la estocada final -¿una huida hacia ade-lante?" le correspondía a un Eolo furioso...Pero la ventolera no dejaba de cumplir, sin embargo, con su cometido bíblico: arrasar las estructuras y luego su memoria para reducirlas a escombros. Los plásticos en jirones y las lonas desvencijadas hacían la forma retorcida del viento, eran su imagen trágica. No otra cosa es la ventolera, un arma de aire, una fuerza exterminadora explosiva e impúdica.Pero las resonancias que las palabras guardan en una caja íntima de vida, con el tiempo desatan inesperados y cambiantes vínculos que desafían el dictado de lo