En el siglo IX, el valle del Duero era una inmensa tierra de nadie que servía de frontera natural entre el Emirato de Córdoba y los reinos cristianos del norte: Asturias y Navarra -que eran independientes- y los condados de Aragon y la Marca Hispanica, gobernados por el regimen feudalista de Carlomagno. En este periodo de la Alta Edad Media, aun no se puede hablar de una verdadera reconquista porque los musulmanes eran muy superiores a las fuerzas cristianas y si estas vivian con relativa tranquilidad se debia, sobre todo, a los problemas internos que ocupaban al tercer emir cordobes -Alhakam I- aplacando las revueltas de los nobles en Zaragoza, Toledo y Lisboa y acallando a un pueblo que sufria una pertinaz hambruna; una situacion que se prolongo en los primeros años de quien le sucedio en el trono -Abderraman II- antes de dar paso a una de las etapas de mayor esplendor andalusi. En ese contexto, durante el reinado del monarca asturiano Alfonso II el Casto, el conde Nuño Nuñez y su esposa, Argilo, otorgaron a Brañosera -un pequeño pueblo de la montaña palentina, casi en el limite con la actual Cantabria- el libre uso del valle, con las excepciones de tener que compartirlo con quienes quisieran establecerse alli y de entregar al Conde la mitad de lo que "la puebla" cobrase a las aldeas vecinas por dejarles apacentar su ganado. De esta forma, segun los expertos, se puede afirmar que nos encontramos ante el primer ayuntamiento que se establecio en la Peninsula Iberica, gracias a un fuero otorgado el 13 de octubre de 824; un texto muy breve pero que, sin embargo, forma parte de la historia de nuestras instituciones (*). A partir de entonces, entre los siglos IX y XIV, los reyes -o, en su caso, los señores que pudieran otorgar este poder- "dieron fueros" a "los pobladores" concediendoles las "ordenanzas y leyes" que debian gobernar ...