En Permanencia del tiempo, Manuel Apodaca nos va mostrando la fugacidad de la vida, el amor, el erotismo, el dolor, el origen mítico, la vida cotidiana, el misticismo del corazón y los estertores del mundo globalizado. Con lenguaje poético nos revela su percepción del mundo, en torno a los sentimientos del ser, donde la muerte es el único triunfo que nos espera. Con palabras que iluminan territorios del espíritu, el poeta nos lleva de la mano como un ser de luz. En esta travesía, el tiempo es la gran incógnita por la que el poeta incursiona. Omnipresente, inmensurable, el tiempo está en todas partes: en los mitos, en el espacio íntimo, en el sueño, en la palabra y en el instante infinito. Permanencia del tiempo es permanencia poética porque “el tiempo es poesía”, tiempo en que el poeta descubre que, “el silencio es la fuente de la poesía, la resurrección de las flores del canto”. La vida se brinda por todos lados y el canto del cenzontle se vuelve astillas de luz. Al leer estos poemas, no solo aprendemos, sino que viajamos en las imágenes y la armonía de sus versos. No hay duda: aquí hay un poeta cuya lectura inquieta y despierta sensaciones extrañas, porque “la poesía debe ser una inquietante extrañeza”.