Don Álvaro de Bazán, el Invicto, fue, acaso, el mejor marino de la historia. Y la hipérbole no es tal. No sostenemos esta consideración por haberse criado sobre la cubierta de las naos de su padre en la Armada del Mar de Poniente y vencer a una escuadra corsaria francesa en la ria de Muros siendo poco menos que un niño, no. Ni tampoco por, durante decadas, proteger diligentemente las Flotas de Indias. Tampoco por socorrer Oran y Mazalquivir y conquistar el Peñon de Velez de la Gomera a los temibles corsarios de Berberia y salvaguardar la isla de Malta del yugo del Gran Turco. Ni siquiera por conseguir la victoria en una de las mayores batallas combatidas sobre las olas, la mas alta ocasion que vieron los siglos, Lepanto. Solo con esta hoja de servicios, don Alvaro de Bazan entraria con laureles en el panteon de los mas grandes marinos, pero si podemos aseverar su lugar en la cuspide es porque revoluciono la manera de entender la guerra naval en el siglo XVI. Fue el quien desarrollo el galeon, que dio a la Monarquia Hispanica la superioridad maritima cerca de dos siglos, y quien tanto influyo en la doctrina anfibia española, que permitio anexionar Portugal y las islas Terceras. Don Alvaro innovo tambien en la tactica de galeras para conseguir expulsar a las poderosas armadas del sultan del Mediterraneo occidental. En el V centenario de su nacimiento, el libro Alvaro de Bazan. El Invicto, de la pluma del consagrado especialista en historia naval Guillermo Nicieza y acompañado por un espectacular aparato grafico en el que destacan ilustraciones y mapas marca de la casa, rinde homenaje al genio tactico y consejero naval mas clarividente de su tiempo, que, ademas, nunca pidio nada para si mismo. Al contrario: puso su fortuna familiar en riesgo, repetidamente, para pagar tripulaciones y sufragar naves cuando el rey no tenia un ducado; lidero peligrosos desembarcos cuando otros no se atrevieron a hacerlo; salvo la galera Real mientras otros huian y alzo la voz cuando se quiso desmembrar la Liga Santa. En su lecho de muerte, anciano y enfermo, lo unico que pidio fue mas tiempo para ver su gran empresa, la Jornada de Inglaterra, terminada. La Fortuna, sin embargo, no quiso concederle este ultimo deseo, pues dispuso que muriera como vivio: invicto.
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